Miguel Arroyo llamaba a los árboles por su nombre

Miguel Arroyo, sin fecha. Autor no identificado

Caracas es una ciudad en la que abundan los árboles. Tal vez por eso no es raro encontrar un barrio o urbanización cuyo nombre no tribute esa presencia constante de lo vegetal. El Bosque, Las Acacias, La Floresta, Los Cedros o Los Mangos, son algunos de los topónimos que recuerdan la vida en común que desde tiempos remotos ha existido entre el árbol y el caraqueño. 

No obstante, en los últimos años esa filiación se ha ido perdiendo. Muchos habitantes de Caracas ya no saben cómo identificar a sus árboles. Como consecuencia palabras como ceiba, roble o bucaral terminan desdibujando su dimensión más vital, cuando no poética. En estos días de tanta degradación verbal, el uso del nombre del árbol se limita casi siempre a la inmediatez de una dirección que hay que dar o a una indicación para que el conductor detenga el autobús.


El encanto de saber el nombre de los árboles

Esa especie de disfasia en la que uno queda cuando es incapaz de llamar a las cosas por su nombre se me hizo más reveladora en los meses en que tuve la suerte de trabajar con Miguel Arroyo. En aquel tiempo Arroyo dirigía un ambicioso proyecto para la Galería de Arte Nacional sobre la historia de la cerámica en Venezuela que no se pudo concretar. Como parte del trabajo de campo nos tocó visitar a muchos ceramistas, entrevistarlos y hacer un registro de sus piezas.

Es sabido que por la naturaleza de su labor muchos ceramistas tienden a ubicar su taller en áreas ventiladas. Estas casi siempre dan a un jardín o descampado, cuando no a un balcón con algunas plantas. Tal coincidencia revela que la relación entre la cerámica y la naturaleza es muy íntima, lo que se aprecia con frecuencia en la calidad del resultado de las obras que ejecutan. 

Durante aquellos recorridos, además de hablar de cerámica, me sorprendía la facilidad del señor Arroyo para llamar por su nombre a los árboles que se aparecían a nuestro paso. Una vez le comenté la admiración que sentía por ese conocimiento que a mí me parecía algo enigmático. Un saber que no necesariamente se conseguía en los libros sino que provenía de una relación cercana y cotidiana con las cosas que nos rodean. Como saber el nombre del árbol de tu calle, del pájaro que ves por la ventana, o de si lloverá o no con solo mirar las formas de las nubes.


No se puede estudiar lo que no se conoce 

Arroyo me explicaba que las primeras clases en el Carnegie Institute of Technology, donde estudió a mediados de los cuarenta, consistían en que los estudiantes se internaran en un bosque e identificaran tantos árboles como fuera posible. Sus profesores de diseño entendían que comprender las propiedades de las maderas con las que tenían que trabajar exigía también reconocer los árboles de donde ellas provenían.

El método era de un gran sentido pedagógico porque permitía tener una conciencia más clara de la técnica necesaria para transformar la materia. Al mismo tiempo propiciaba una sensibilidad especial para las cosas, que provenía, como he dicho, de ese simple gesto de poder llamarlas por su nombre.


Integrar el pasado en un presente moderno

Cuando el señor Arroyo ya había fallecido tuve la oportunidad de asistir a una exposición homenaje que presentó la Sala Tac de Caracas. Allí se incluía una importante selección de su obra como pionero en Venezuela en el diseño de muebles. Pude ver la eficacia y la belleza de sus encantadoras sillas, mesas y bibliotecas. Pero también pude apreciar cómo dibujaba con las vetas y los tonos propios de la madera, ajustándolos a los propósitos de cada pieza.

Recuerdo especialmente la investigación sobre el mobiliario colonial venezolano que emprendió para el diseño de los muebles de la casa de playa del mecenas Alfredo Boulton. De allí extrajo algunos atributos como la sobriedad, la preponderancia de la madera, la predilección por la línea curva y el alarde de la destreza artesanal. Esos atributos los integró sabiamente en una propuesta que fusionaba el pasado colonial y el lenguaje propio de la modernidad.


La belleza como fruto del material, la función y la forma

Tanto en la madera como en la cerámica, otra de las artes aplicadas en la fue autor y maestro, era el material el que debía expresarse. Por eso era tan cauto con la decoración de una vasija, por ejemplo. El valor tenía que residir en el propio curso de las líneas de la madera y su color, en el color de la arcilla debido a la acción de la quema, el de su eventual reacción con los óxidos metálicos que le darían el matiz resultante.

Era a partir de la propia pieza, de los materiales utilizados y de la técnica para crearla, desde donde sería posible lograr la belleza. Esta era inherente al árbol que le había dado origen, a la arcilla con la que se formó luego el cuenco. Cuando este nivel de destreza era alcanzado, la pieza llegaba a una dimensión de autonomía similar al de la materia fundadora, anulando así, en algunos casos, su función.

En una ocasión afirmó: "a pesar de que amo los usos de la cerámica y la sublime docilidad que ella tiene para amoldarse y responder a cualquier función, nunca he podido llenar sino con aire el recipiente que Leach me regaló, y en el florero de Hamada que tengo jamás he considerado necesario poner una flor."


Una manera de pensar lo moderno

El compromiso con los materiales y la técnica como fundamentos del diseño pueden considerarse como esenciales en la propuesta creadora de Miguel Arroyo. En ese compromiso alcanzó una coherencia como diseñador que definió a su vez una manera de pensar esencialmente moderna. 

Esa búsqueda de lo moderno no se correspondía necesariamente con un eventual aspecto “futurista”. Iba más allá. O tal vez más atrás en el tiempo. Se basaba en el conocimiento íntegro de los materiales y en las técnicas heredadas del pasado. 

De allí, de esa sabiduría que deja el llamar a las cosas por su nombre, Miguel Arroyo tomó lo que consideró más conveniente para concebir objetos de una sobria belleza. Una belleza que podría entenderse como el fluir sin pausa entre la esencia del material originario, la función como referencia y la mejor de las formas posibles.

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