Artes visuales en los Juegos Panamericanos de Chicago de 1959

Cartel de los Juegos Panamericanos de 1959


En el marco de los Juegos Panamericanos celebrados en Chicago en 1959, se presentó la exposición “The United States Collects Pan American Art”. Al revisar la introducción del catálogo de aquella muestra se podría pensar que las artes visuales estaban tratando de confirmar lo que el deporte ya venía anunciando a través del cuadro de medallas: que más allá de la coincidencia continental, lo latinoamericano en el arte de aquellos países no se podía definir mediante la figura de una supuesta identidad homogénea y compartida.


En el verano de 1959, el Art Institute de Chicago inauguró una exposición que tenía como título “The United States Collects Pan American Art”, la cual formaba parte de los eventos que acompañaron los Juegos Panamericanos celebrados en esa ciudad. 

La realización de este evento había sufrido algunos percances desde mediados de la década, y varias sedes tuvieron que declinar hacerse cargo de su producción. Cleveland, Ciudad de Guatemala y Río de Janeiro desistieron consecutivamente ser la anfitriona y al final, en una competencia entre Sao Paulo y Chicago, esta última resultó beneficiada.

A pesar de estos contratiempos y del poco tiempo disponible, los Juegos Panamericanos de 1959 se realizaron según el programa preestablecido, siendo los primeros en coincidir con el verano del hemisferio norte. 

Las artes visuales en el marco de los Juegos Panamericanos de 1959 

Aquel ajustado programa incluía la citada exposición “The United States Collects Pan American Art”, que como parte del Festival de las Américas se inauguró casi un mes antes del encendido de la llama olímpica.

La selección contó con obras de arte contemporáneo de artistas canadienses y latinoamericanos, no así de representantes de Estados Unidos, país que los organizadores decidieron no incluir por ser el anfitrión.

A esa limitación se añadía el hecho de que las obras procedían exclusivamente de colecciones establecidas en Estados Unidos, lo cual influyó en el predominio en sala de los trabajos de Jean-Paul Riopelle, Rufino Tamayo, Roberto Matta y Wifredo Lam, los artistas de más interés para los coleccionistas locales.

El estilo internacional en las artes visuales de América latina

Estos artistas ya consagrados, junto con los más jóvenes y menos conocidos en el contexto regional, fueron agrupados por el curador de la muestra, Joseph Randall Shapiro, bajo la etiqueta del “estilo internacional”.

Oswaldo Vigas. Edificaciones, 1954. Óleo sobre lienzo. 130 x 195 cm. Colección Galería de Arte Nacional, Caracas

El término “estilo internacional” estaba referido principalmente a la pintura realizada en América latina desde mediados de los cincuenta, en un estilo abstracto o no objetivo que incluía también prolongaciones del surrealismo, el expresionismo y el realismo.

La amplia etiqueta que abarcaba lo “internacional” le permitía a Schapiro marcar distancia con el arte folclórico e indígena, un “arte para turistas” cargado de un sentimentalismo o falso exotismo con el que se identificaba muchas veces lo latinoamericano.

Esta nueva generación destacada por Shapiro la conformaban artistas que gracias a los viajes o estudios en el extranjero, estaban en capacidad de establecer un diálogo con el arte moderno que se practicaba en Europa y Estados Unidos. De este modo, podían reflejar con su obra el carácter cosmopolita que el progreso y la arquitectura impregnaba en sus lugares de origen.

¿Qué era entonces el arte latinoamericano?

Bajo este esquema, el uso de lo “internacional” hacía inestable cualquier definición de un arte latinoamericano. Al revisar las palabras que Shapiro escribió para la presentación de la exposición se podía pensar que las artes visuales estaban tratando de confirmar lo que el deporte ya venía anunciando a través del cuadro de medallas: que más allá de la coincidencia continental, lo latinoamericano en el arte de aquellos países no se podía delimitar mediante la figura de una supuesta identidad única y compartida.

Humberto Jaimes Sánchez. Iconos, 1956. Pintura sobre papel. 49,9 x 52,4 cm. Colección Mercantil, Caracas

Para el curador estadounidense, una definición de arte latinoamericano era inviable debido a las diferencias geográficas y de ascendencia histórica que habían dado lugar a distintas culturas socio-religiosas y formas artísticas de variable imaginería. Por esta razón resultaba un error suponer que el arte de esta región era o había podido ser homogéneo en algún momento.

Shapiro oponía, por ejemplo, lo que llamaba el sentido trágico de la vida del arte mexicano al arte menos provincial y sofisticado de países como Argentina, Uruguay o Venezuela. También destacaba la confluencia de la ascendencia portuguesa y la presencia africana en el Brasil de Cándido Portinari, o las boyantes formas de vida que se expresaban en la obra de Lam y otros artistas cubanos. Sin embargo, frente a este escenario, Shapiro no desconocía la realidad de una clara escisión entre una minoría rica e ilustrada y las masas inarticuladas que predominaba de manera general en el continente.

Los peligros del predominio de lo internacional

Pero este salto a un arte internacional, esta asimilación a un “estilo moderno” entrañaba para Shapiro el peligro de caer en la anonimia creadora, donde las diferencias individuales de los artistas más jóvenes terminaban difuminadas.

Alejandro Otero. Coloritmo 3, 1956. Duco sobre madera. 200,5 x 51,6 cm. 

La solución para el curador de la exposición era que los artistas superaran la preocupación por el tema, el estilo o la tradición, y se concentraran más bien en la búsqueda de lo que llamó un “contenido significativo”, aquel de donde emana la autoridad y el misterio de todo buen arte.

Al margen de las contingencias de tiempo y lugar, lo que permanece para Shapiro es la individualidad del artista latinoamericano cuya expresión es a la vez personal y universal en la medida en que sea capaz de revelar la cualidad poética de la existencia humana.

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