Alejandro Otero, En Los Teques


Alejandro Otero. En Los Teques, 1965. Papel coloreado sobre madera. 66 x 55 cm. Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, MALBA

A finales de 1964, Alejandro Otero arribó a Venezuela procedente de París, en lo que sería la conclusión de su tercer y último período europeo. Dejaba allí una etapa de honda reflexión en torno al objeto y su integración artística, la cual tuvo lugar entre Francia y España. Se trata de un transcurso que se había iniciado en la pureza del óleo y la tela que significaron sus monocromos de principios de los sesenta, a los que luego agregó alicates, serruchos, guantes y cadenas, para finalmente adoptar el empleo de cartas manuscritas encoladas a postigos y puertas en ruinas. Estos tres momentos pueden servir de antecedentes a la serie de alrededor de noventa obras que conforman los papeles coloreados, en la cual se incluye En Los Teques.

Una vez que el uso de las cartas manuscritas deja ver la potencialidad simbólica de la palabra para aludir a lo circunstancial del ser humano, Alejandro Otero da un paso más allá en provecho de esa revelación, pero también en la reafirmación de la voluntad colorista que rige toda su obra. Para el momento de los papeles coloreados, el artista asume como inestable y frágil la época en que vive, por lo que nada mejor que fragmentos de periódico para reflejar la contradicción moderna entre lo constante y lo efímero, para considerar “la significación de la prensa en cuanto a testimonio de la realidad en que está sumido el hombre de nuestro tiempo”.

De tal modo, En Los Teques constituye la formalización del problema de cómo considerar lo espacial y lo temporal que atañe al ser humano a partir de la pintura. El “drama”, en todo caso, es el hombre en medio de la avasallante saturación de saber que constantemente ponen en duda su aquí y su ahora, la salida es una vía plástica que ordena en armonía de formas y colores una realidad que a pesar de todo no puede ser negada, y que desde su propia vorágine detenida en el cuadro aún es capaz, en forma casi casual, de aportar el título a la composición que intenta contenerla.

El aspecto cromático es también de singular importancia, pues a decir de Otero “es en este momento cuando mis experiencias de color se amalgaman en una totalidad que las torna diferentes”. Diferentes, en el caso de su pintura figurativa de mediado de los años cuarenta, al límite que imponía la representación de aquellas cafeteras, y que cobró gran libertad en la individualidad cromática presente en piezas posteriores como Líneas coloreadas sobre fondo blanco v. Diferentes, también, al alto grado de contraste de color que demandaban las paralelas blancas y oscuras de los coloritmos. En los papeles, el pigmento disfruta de una mayor independencia de matices al mismo tiempo que de espacio, aunque sin negar el rigor constructivo que tanto caracterizó la producción de Otero.

En el temprano período figurativo contenido en las calaveras, potes y candelabros, Alejandro Otero quiso expresar su propio drama frente al mundo, el cual intentó transformar a través de la promesa implícita en sus obras integradas a la arquitectura, así como en el conjunto de los coloritmos. En el caso del recorrido iniciado en la década de los sesenta y que concluye con la serie de los papeles coloreados, se observa que su interés no es ya mantener su preocupación personal ante el mundo, o contribuir a modificar las causas externas de tal inquietud.

Su actitud en ese momento es la del atento observador que busca expresar toda la carga azarosa que hay en el ser humano y el medio que lo circunda. Suerte de “arte de la realidad”, del cual obras como En Los Teques muestran la respuesta a muchas de sus inquietudes como persona y como artista, que a la larga fue de gran utilidad en el desarrollo de la ambiciosa obra pública que luego emprendería.

Artículo publicado originalmente en Malba. Colección Costantini. Landucci Editores: México, 2001, p. 288.

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