Una escoba para Seka

Seka, sin fecha. Foto: José Sigala

Bebí el café de Seka un par de veces, convidado por unos amigos, amantes también de la cerámica, que me invitaban a la casa de aquella maestra del barro modelado ya en sus años de retiro. Su café era fuerte y al tragarlo podías sentir ese grano finamente molido como es costumbre en los países de la península balcánica.

Las residencias de los ceramistas suelen guardar sorpresas agradables, especialmente por el vínculo que mantienen con la naturaleza. No creo haber llegado hasta el jardín de Seka, pero tampoco fue necesario. En su casa de entonces, el salón principal tenía solo tres paredes, la cuarta era el panorama verde del césped, algunos árboles, y lo más sorprendente, una bandada de pájaros que de vez en cuando, excitados por algún ruido, se echaban a volar, produciendo un hermoso espectáculo de sonido y movimiento.

En aquel salón, hacia una esquina, una escultura de Gego acompañaba uno de los grandes volúmenes cerámicos de Seka, lo cual generaba una interesante confluencia de color y líneas, pero más importante, una relación conceptual entre el entramado geométrico que Seka desperdigaba tenuemente por la superficie de sus obras y el que Gego construía en el espacio con varillas de metal. Cada una por su lado llegó de Europa escapando de los desastres de la guerra y sin más circunstancias en común aportaron una obra que bien justifica a futuro un estudio de sus imprevistas coincidencias y afinidades.

Seka Severin nació en 1923, en la Zagreb que entonces formaba parte de Yugoslavia. Allí estudió escultura en la Akademia Likovnih Umjetnosti. Pocos días antes de cumplir los 18 años, Croacia fue invadida por las Potencias del Eje, y según creo haber escuchado, en medio del fragor de la ciudad tomada y sin otra cosa que poder regalar a la cumpleañera, alguien tomó una escoba que había en el refugio y amorosamente se la entregó a la seka de la familia. La fuerza de aquel gesto hizo que con el paso del tiempo los cumpleaños de la artista incluyeran siempre una escoba como obsequio.

En 1946 se instala en Francia gracias a una beca del gobierno de ese país y obtiene una licenciatura en letras, historia del arte y arqueología por la Université de Paris. En 1948, al concluir sus estudios comienza a trabajar en la cerámica y en 1952 decide trasladarse a Caracas. A la capital de Venezuela llegó cuando la cerámica estaba iniciando un proceso de cambio hacia una depuración formal y cromática en correspondencia con el espíritu de modernidad de aquella incipiente metrópolis.

Seka. Sin título, 1972. Arcilla roja modelada y esmaltada. 27,5 x 29,3 cm. Victoria and Albert Museum

Como varias ceramistas de aquella época, llegó un momento en que las vasijas de Seka, en la búsqueda de una mayor autonomía expresiva, comenzaron a cerrarse. Así surgieron piezas que propiciaban metáforas minerales y milenarias, pero que en su caso provienen de una largo y complejo proceso de modelado y quemas, tal como lo resumió Miguel Arroyo:

En sus piezas "está previsto, configurado e intemporalizado —como en esplendorosos diagramas secuenciales— el estremecedor proceso de convulsiones, erupciones, deslizamientos y fusiones por las que habrá de pasar —y pasa— la materia hasta lograr su final estabilización. Por ello, cuando las miramos detenidamente descubrimos que las resonancias que ellas producen en nuestra mente no están motivadas por asociaciones superficiales, sino por causas mucho más profundas que tienen que ver con la vinculación que existe entre sus materias y otras que vivieron parecido o idéntico proceso de conflagración y de estabilización.

Así como hay un vínculo con la naturaleza, hay también un componente muy humano, un tiempo de realización de la obra que existe en toda cerámica, pero que en Seka adquiere connotaciones especiales: aquellas esferas son consecuencia de una paciente labor de modelado a partir de la superposición de delgados churros de barro, hasta alcanzar esas formas semiesféricas. 

A ello se suma un laborioso proceso de quemas sucesivas de baja temperatura de donde emana la sutileza cromática de sus obras, que a menudo también propician nexos con el cielo y con las nubes. La fuerza del bello trabajo de Seka proviene de esa potencia simbólica que brota de las misteriosas superficies de sus piezas, labradas a partir de la mano que forma y del fuego que dibuja.

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