Ramón Vásquez Brito: lejanías de silencio


Ramón  Vásquez Brito. La blancura de su esencia palpita en la soledad, 1996. Hotel Venetur Margarita, Nueva Esparta, Venezuela

El pintor Ramón Vásquez Brito (Porlamar, Venezuela, 1927-2012) destaca por su singular aporte a la conformación de una representación de un paisaje de profunda raigambre humanista. La escena marina que se reitera en sus lienzos acoge contenidos que trascienden la inmediatez de la mirada y se adentran en una simbología de emotivos alcances poéticos, originados de una visión memoriosa de la isla de Margarita.

Esta obra corresponde a una etapa en la cual el artista ha consolidado un lenguaje propio que favorece la visión sensible del entorno a través de la pintura. Partiendo del paisaje marino, Vásquez Brito se vale de grandes formatos que insinúan el espacio de la costa, el horizonte y el cielo a través de franjas horizontales, donde el tema casi desaparece para convertirse en una realidad trascendente del motivo insular que fue su origen.

Vásquez Brito crea una imagen que supera la réplica del entorno conocido, aspirando a una suerte de representación ideal del espacio. El empeño en adentrarse sensiblemente en el paisaje parece tener como meta el reconocimiento de la interioridad del pintor. Las coordenadas de este nuevo espacio subjetivo, donde coinciden autor y espectador, provienen muchas veces de los títulos de las obras, suerte de versos de un poema visual que se elabora perennemente.

Para ser poética, la pintura de Ramón Vásquez Brito tuvo que fundarse sobre un lenguaje que partió de la tradición de los elementos plásticos: la línea, el color, la forma. Él los trabajó hasta hacerles perder su presencia dentro del cuadro y convertirlos en la expresión de una imagen que ya no era el motivo insular que fue su origen, o la visión subjetiva que lo tradujo en la tela. Esa imagen devino el producto de la coincidencia sensible del autor, el paisaje y el espectador en el tiempo prolongado de la contemplación de la obra.

El vocabulario pictórico y poético de Vásquez Brito se forjó al calor de su sensibilidad como artista, lo cual lo condujo a investigar otras acepciones de lo plástico más comprometidas con el rigor geométrico de la forma. Esta experiencia fue el fruto de apegos juveniles a las tendencias en boga durante el fervor moderno de una abstracción fría en los años cincuenta, pero que en mucho contribuyó a madurar su lenguaje para deshacerse de las rémoras de su época de estudiante.

Ramón Vásquez Brito. Abstracción, 1956. Duco sobre madera. 53 x 200 cm. Colección Galería de Arte Nacional, Caracas

De ese paso por lo geométrico algunos elementos persistieron cuando la tela y los pinceles ocuparon de nuevo la atención del artista: la proyección horizontal de lo mirado, el color como desencadenante del ritmo y la energía, el blanco como inductor lumínico y espacial. Pero tal vez lo más importante que dejó ese breve capítulo fue la pérdida de la estabilidad de la forma, ya sea por el carácter expresivo de la materia en el tránsito informalista de los sesenta, o por el blanco brumoso capaz de absorber los ingenios colosales de las sociedades humanas —una represa, un puente colgante—, lo cual hizo en obra posterior.

Ramón Vásquez Brito. Pausa en azul, hacia 1974. Óleo sobre tela. 92 x 62,2cm. Colección Galería de Arte Nacional, Caracas

Aun en la visión reposada del horizonte marino que identificó su pintura final, la forma continuó rindiéndose ante el dominio de luz que redujo los objetos a una incidente mancha sobre el plano. La forma fue protagonista ya no como referente del mundo de los hombres, sino como gesto del pintor que en el trazo del pincel quiso asir la inexistencia tangible de la luz, el agua y su reflejo. Tales fueron los enseres inmateriales que sirvieron a Reverón para inaugurar el universo encantador de sus pinturas, y son los que Vásquez Brito reinterpreta a partir del color como agente modulador del espacio.

Ramón Vásquez Brito. Lugar de vivencia permanente, 2006. Óleo sobre tela. 130 x 195 cm. Colección Casa de la Cultura Vásquez Brito, Porlamar

Un andar por su otra poesía, la de las palabras, trae un verso que hoy da título a este escrito: lejanías de silencio. Tal imagen resulta provechosa para proponer un acercamiento a su ámbito pictórico. Criado en la amplitud oceánica que bordea las islas de Coche y Margarita, fue tal su visión del Caribe que para abarcarlo se hicieron necesarios la mirada panorámica y el lienzo generoso. A ese magnitud espacial que definió su pintura, se sumó también el silencio de los hombres del que surgió el rumor de las olas. De allí provino el sonido del quiebre de las sombras cuando el sol levantaba blanco sobre el paisaje y sobre la tela expectante del artista. De ese perdido silencio del mar fue testigo su pintura.

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